50 Letras tierra, más allá uno se balancea entre las ramas, otro de gran tamaño en me ­ dio de un círculo cual si fuera de goma dá saltos de acróbata, otros dos se persiguen y arrojan piedras de buen tamaño y aquellos sonidos que, por su pureza antes me admiraron, son ahora siempre acompañados de los más ri ­ dículos y extravagantes gestos. Un gru ­ po de hembras llama extraordinaria ­ mente mi atención y admirado quedo ante el instinto de amorosa ternura con que las madres amamantan y cuidan a los hijos. Algo aún más interesante llegó a dis ­ distinguir en la mitad de la pendiente que conduce al barranco, es a dos de estos antropoídes, el uno es fuerte, mus ­ culoso de gran tamaño, el otro más dé ­ bil y pequeño, se hallan de los demás aislados, no quieren tomar parte en la estrafalaria fiesta, contentase el más fuerte con acariciar al más débil y ofrecerle frutas, se rascan mutuamen ­ te, se miran con fijeza y ridiculas mue ­ cas se hacen de continuo. El más débil lanza un grito, el de mayor tamaño cae sobre él y de una manera bestialmente amorosa, ambos se van con los nervudos brazos envolviendo. La región frontal quedóse unida, unidas también que ­ dáronse las bocas, nerviosamente se muerden en ellas buscándose los dientes. Fué entonces cuando un nuevo grito de gozo repercutió llenando con sus vi ­ brantes ecos toda la solemne majestad del inmenso bosque. Fué entonces cuan ­ do aquellos dos seres en su sexual ca ­ ricia rodaron abrazados por toda la pendiente. Un clamor incesante surge por todos los ámbitos del espacio y en aquel momento mis ojos observan de que manera extraordinaria exterioriza su alegría un nuevo antropoíde, que por su aspecto parecía ser de todos ellos el más viejo; hace, sin embargo, tal es ­ fuerzo por sentirse fuerte que la encor ­ vada espalda queda erguida y tal sen ­ sación lasciva experimenta ante el abrazo que tiene ante sus ojos, que en su feo rostro de viejo aparece brillando una sonrisa. Golpea con sus brazos y en sus gritos dice, que él, como más viejo, no quiere que la raza de chimpan cés se extinga, como se han extinguido tantas otras especies, grupos y clases intermedias, dificultando al hombre el descubrimiento más colosal de los mo ­ dernos tiempos. Amanecía, los primeros rayos del sol comenzaban a apagar la luz de las es ­ trellas, allá lejos un nuevo horizonte empezaba a distinguirse, mientras la noche, majestuosamente, se iba despo ­ jando de sus sombras de encaje. José Salafranca