PROTEO 77 Acabas de ofrecer a la voracidad de la Medusa algún Idjo de tu alma, pero los tiempos siempre han de ser los mis- laos: aquellos que apedrearon al Dante, hoy te apedrean a h y la inmunda criticada, como la turba inculta, a/lardeando de erudita y sin conocer tal vez aquello que con razón dijera Maklonado: «... Así yo recuerdo que una vez, leyendo las paginas inmortales de un pensador, me detuve de pronto ante •su retrato, retrocedí con el pensamiento hasta el siglo eu que vivió el escritor—trescientos años para atrás—y un siur.úme- 10 de ideas que nunca habían estremecido a mi espíritu,-sobre la muerte, sobre 'la historia, sobre la inmortalidad, relampa ­ guearon de pronto en mi mente, maravillándome yo de pensar en esa forma; y, aunque .lleno de fuego, quise trasladar al papel lo q Ue había pensado y sentido, noté que de mis pensa ­ mientos sólo quedaba una pobre idea, mia mísera idea, fría, apagada, que se moría en el montón de palabras impotentes que acudían a la pluma; y lloré da pérdida de mi pensamien ­ to como si mi espíritu hubiera perdido un tesoro ... La pala ­ bra es impotente. ¿Deebmos lamentarnos de ello? Quizás no. Quizá sea necesario que haya también para nuestros pensa ­ mientos un rineoneito misterioso donde ellos se alberguen, sin salir a la luz, sin materializarse en las páginas del libro. Qui ­ zas lo mejor del espíritu de los escritores geniales se haya quedado en él libre de la curiosidad de los lectores. Lo más excelso de ellos se habrá perdido con ellos... Libros más grandes, más sublimes que todos los que ellos escribieran, fue- 3 011 ' tal y ez, los que dejaron en su espíritu por Mo haber en ­ contrado palabras que los sacaran de allí...»; te fustiga también ya por creados intereses, ya por vergonzosas claudi ­ caciones de mediocres. i Hermano! Triste es el Sermón del Escéptico, palabras ( e desaliento, de renunciación, de fracaso quizá. Tu dolor lo he sentido; he vivido tus sueños; tus fiebres también abrasaron mi carne; en la mística hora crepuscular